Elevamos nuestros adoloridos cuerpos (y gemelos!) demasiado temprano: 5:30hs, porque supuestamente abría la estación a las 6hs. Y ahí estuvimos, firmes, esperando hasta las 7hs. La respuesta desilucionó un poquito: la misma que en Tucumán, pero la buena onda y la esperanza alegraron la mañana. Nos quedamos aguardando todo el horario de boletería, sin éxito. La misma volvía a abrir a las 22hs, así que volveremos. Y mientras está el día entero de espera por delante...desde las 12:30hs hasta las 22hs...Un garrón... pero tenemos la esperanza de conseguir pasaje milagrosamente y, sino, le vamos a hacer dedo al tren a ver si nos tiran una onda y, si tampoco, seguiremos bajando mañana a dedo rutero :)
Durante el día encontramos sorprendente buena onda y amabilidad: nos regalaron una palmerita en el desayuno, nos dejaron guardar las mochis por el día, estuvimos charlando largo rato con el dueño de un almacén que nos regaló dos sanguches y un vaso de coca, y la gente de los negocios es muy simpática y en la calle te saludan. También se nos puso a charlar por un buen rato un hombre, cuya conversación transcurrió desde los trompos que solía hacer hasta los problemas con su familia, pasando hasta por el exorcismo de su madre. No era mala onda, más bien se notaba que tenía ganas de hablar con alguien, pero se discurso era bastante violento, se notaba mucha violencia a lo largo de su vida. No puedo decir que me haya caído bien o mal. Simplemente me sentía intranquila. Después cayó un flaquito medio fisura que vivía en la calle, y me provocó bastante mala vibra lamentablemente, entonces no le di mucha cabida. Estuvo ahí un rato charlando con el Milo, hasta que nos fuimos a caminar por el pueblo. Conocimos la bonita plaza, y vimos bien la terminal de buses, en donde decidimos dormir si las cosas no salen como esperamos (está sí es una estación propiamente hecha). Pero ojalá estemos arriba del tren... pensamiento positivo! Ah! Y también nos comimos un flor de helado en Grido: arándanos, dulce de leche y chocolate. Delicioso!
Estuvimos un buen rato haciendo tiempo en la plaza, él malabareaba y yo escribía y ambos luego charlábamos y hacíamos nada, hasta que se hicieron las 21:30hs. Compramos verduras y galletitas (que me las olvidé en el hostel!), y fuimos a buscar las mochilas compartiendo bella charla con la chica encargada, Andrea, que tiene un gran corazón. La hospitalidad santiagueña me ha sorprendido gratamente. De ahí, derechito a la terminal (que terminó abriendo a las 23hs), donde conocimos a dos pibes -Esteban y Juan- en la misma que nosotros. Y pregunta va, pregunta viene, el boletero nos cuenta de la dificultad de subirse al tren desde ahí, pero que en un pueblo llamado Colonia Dora, a 180km, los pasajes son vendidos directamente por los guardas al momento de subir, por lo que hay una probabilidad casi segura de conseguir. Inmediatamente los cuatro corrimos bajo la lluvia a la terminal de buses, sólo para enterarnos que pasaba a las 17:30hs el último... y estábamos ahí!
Gran idea surgió de averiguar por un remís, siendo cuatro, y conseguimos uno que nos llevó por $450: casi lo mismo que nos hubiese salido el bus. Genial! A él nos subimos, con la mitad de las mochis en el baúl y la mitad arriba nuestro, y para las 2hs ya estábamos sentados en la terminal de tren de Colonia Dora aguardando su llegada hacia las 3:30hs...
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