Amanecimos reee panchos y tranquilos. Fuimos a comprar al mercado de Salta bajo la lluvia. Es un laberinto! Muy bonito, con todos sus puestitos y las cosas sueltas. Milo me cuenta que es re onda Bolivia. Estaba re contento! Estuvimos vagando largo rato por sus pasillos, y ahí mismo nos encontramos con Bruno, uno de los vecinos buena onda de Cafayate, y fuimos invitados a la casa donde estaba parando todos los chicos que habíamos conocido allá. Entonces nos comimos un par de humitas en la calle (una dulce, una salada), agarramos las mochilas, y nos fuimos a visitarlos. Y , la verdad, nos recibieron con mucha luz y toda la onda. Fue re lindo volverlos a ver. Comimos porotos con arroz y ensalada, que estaba espectacular, charlamos un buen rato y compartimos mirando la lluvia caer hasta que fue hora de seguir camino. Más despedidas, parte inevitable del viajar. Pasamos a comprar unas cosillas dulces ricas, recuperamos el ukelele olvidado en el hostel, y tuvimos un encuentro de calle con un hombre que nos agradeció profundamente por visitar Salta y regaló un turrón con un trago de cerveza bajo el precepto que si lo rechazábamos, a él y sus ofrecimientos, eramos personas malas. Una situación muy bizarra y muy fuerte.
Más luego, nos tomamos un bondi hasta La Caldera, junto a Javi, Wycha y Nati -tres mochileros más- con quienes compartimos la caminata de 5km hasta la primera entrada al Dique Campo Alegre, y el recorrido de sus barrosas costas en plena oscuridad. Plantamos carpa donde pudimos por esa noche, ya que esta todo muy húmedo, y cenamos pancito casero que nos habían convidado los chicos. Tan rico! Y después de un largo día, a dormir!
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